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Cuando el cuerpo dice «NO»

Con el paso del tiempo, la familia ha enfrentado varios cambios. A pesar de ello se mantiene la idea de que los matrimonios deben tener hijos, y cuando éstos no llegan el entorno de la pareja y la sociedad comienza a preguntar qué pasa. Con los problemas empieza una especie de vía crucis que considera aspectos económicos, emocionales e incluso la discriminación de los cercanos. Por eso es que muchos lo ocultan, a pesar del sufrimiento que la situación les provoca. En Chile de un 10 a un 15% de las parejas entre 18 y 44 años son infértiles.Desde pequeñas las mujeres sueñan con ser madres y de adultas, la mayoría sigue con este anhelo. Ingrid Hermosilla era una de ellas. Cuando se casó a los 23 años, inmediatamente buscó embarazarse; pasaron los meses y no había resultados. Comenzó la angustia y el miedo a ser infértil, pero nunca pensó que para tener un hijo en sus brazos debería luchar durante casi diez años.

Esta situación afectó su matrimonio. Cada día el distanciamiento con su pareja era más grande y evidente. El problema lo tenía su marido, Pedro. Tenía pocos espermios y muchos leucocitos. “Yo podía embarazarme, pero mi dolor era igual al de mi pareja, porque no podía tener un hijo del hombre que amaba”, relata Ingrid.

Para ella una de las cosas más fuertes y difíciles de superar fue el sufrimiento de su esposo. “Búscate otra persona, separémonos. Yo jamás te lo voy a reprochar, quiero que seas feliz”, eran las frases que constantemente él le repetía. Sus palabras eran el reflejo de la frustración y culpabilidad por no poder embarazarla. Según los expertos, esta actitud es común en la persona que tiene alguna dificultad para tener hijos, sienten que los sueños de la pareja no se podrán cumplir por “su culpa”.

Por ello desde el momento del diagnóstico la ayuda psicológica es fundamental. Ítalo Ciuffardi especialista en infertilidad del Instituto de Medicina Reproductiva de Concepción (IMR), recomienda que la terapia debe comenzar desde el primer día que se descubre el problema.

Cuando Ingrid escuchaba constantemente a su marido pedirle que se alejara de él, no sabía cómo actuar. “Cada vez que me repetía esto, me dolía. No sólo porque me decía que me fuera de su lado, sino porque me imaginaba lo difícil que para él era decir esas cosas”.

Desear que no fuera cierto (96,1%), vergüenza (77%), depresión (77,9%) y rabia (73,3%) son algunos de los sentimientos experimentados por las parejas infértiles, según cifras de la Biblioteca de Medicina de Estados Unidos (Medline). Este problema deja profundas huellas en la relación. Disminuye el interés sexual y se producen constantes cambios emocionales entre los integrantes de la pareja.

La decisión de Pedro
“Me cuestioné muchas cosas antes de realizarme la reproducción asistida. Dudaba si era moral o no; si era correcto hacerlo cuando hay tantos niños que esperan ser adoptados”, afirma Ingrid. Cuenta que se decidió a comenzar el tratamiento sólo cuando sintió que era lo correcto. Pero cuando creyó que todo saldría bien, tuvo una nueva desilusión. Se realizó una inseminación artificial que no dio resultado. “Estuve paralizada dos años, no quería nada. Tuve depresión, creía ciegamente que no sería madre”.

Al ver la situación en que se encontraba su mujer, Pedro decidió buscar las alternativas a su alcance para tener un hijo. Esta vez, él comenzaría solo este nuevo camino para que todo fuese más fácil para Ingrid. Se informó sobre el Programa Piloto de Fertilización Asistida del Fondo Nacional de Salud (FONASA) y postuló. Generalmente las personas deben esperar mucho para acceder a este beneficio. La lista de espera alcanza a las 200 personas en Concepción y sólo tienen una oportunidad. Por este motivo, quiso recurrir a esta iniciativa, ya que pensaba que si el primer intento no resultaba, se las arreglaría para realizar un segundo de forma particular.

Cuando llegó su turno pusieron todas sus fuerzas y esperanzas en este nuevo tratamiento. Se realizaron una fertilización in vitro (FIV), y hace 11 meses nació su hijo, Juan Antonio.

Una familia numerosa
¿Quedaré embarazada? ¿Cuánto cuesta? ¿Lo cubre la Isapre? ¿Afectará mi relación de pareja? Estas son algunas de las preguntas que surgen durante un tratamiento de reproducción asistida.

En una FIV, el primer paso en la mujer es la estimulación hormonal. Este proceso tiene pocos riesgos. Se controla con ecografías. El objetivo es obtener más gametos femeninos (óvulos – ovocitos) para aumentar las posibilidades de embarazo. Por eso generalmente se extraen diez.

“Me aspiraron cinco óvulos. Tenía miedo, sabía que esto significaba muy pocas posibilidades de ser madre”, cuenta Paula (30), una mujer que después de un diagnóstico de infertilidad logró tener un hijo que hoy tiene un mes. De esos óvulos sólo se fecundaron cuatro en el laboratorio y pasaron a estado embrionario tres. En la implantación sólo se le colocaron dos, para evitar una multigestación (trillizos). El restante fue criopreservado, es decir, congelado, pues el matrimonio espera darle un hermanito a su hijo en dos años más.

“Cuando nos casamos soñábamos con una familia numerosa, entre cuatro a cinco hijos”, afirma Francisco, su marido, pero como solamente criopreservaron un embrión sabe que jamás tendrá todos los hijos que anheló.

Para Paula lo más difícil fueron los 14 días de espera para saber si hubo o no embarazo. “Pedí licencia y me fui a vivir con mi madre, necesitaba estar acompañada para que el tiempo pasara más rápido”. El día antes del examen se sintió angustiada y depresiva. “Lloré toda la tarde, no sentía síntomas de embarazo. Tenía miedo de no estarlo. Había escuchado que si la FIV era exitosa se sentía hambre, nauseas, vómitos, pero a mi no me pasaba nada”. Por eso reconoce que el apoyo de otras mujeres del Foro de Infertilidad del Zócalo (www.forodelzocalo.cl) fue fundamental. En este lugar se encuentran diariamente mujeres con dificultad para tener hijos, para compartir información, miedos e inquietudes.

Este joven matrimonio prefiere contar su historia desde el anonimato, no todos sus conocidos saben cómo concibieron a su hijo. “No le cuentas a mucha gente, porque la sociedad es prejuiciosa, y molesta con bromas y comentarios al hombre que no puede tener hijos”, cuanta Paula. Por eso, para evitar comentarios prefiere guardar silencio y decir que todo fue normal.

“No puedo ser madre”
Cuando no existen los recursos, el anhelo de la maternidad se ve frustrado. Teresa es estéril y no cuenta con el dinero necesario para acceder a un tratamiento. No le ha contado a nadie su condición. Su círculo más cercano de familiares y amigos desconocen el drama que vive desde hace tanto tiempo. Junto a su marido soportan en silencio las insistentes bromas sobre cuándo se pondrán en campaña para ser padres.
Desde el comienzo de la entrevista, sus ojos se llenan de lágrimas, y a pesar de su esfuerzo por contenerlas, termina quebrándose: “Cada vez que voy a una tienda, inconscientemente me dirijo al sector infantil y me imagino qué podría comprarle a mi guagua”. Después de un largo silencio explica que este problema, lejos de afectar su relación de pareja, la reafirmó. Sin embargo, siente que luego de cinco años de matrimonio, aún no son una familia. “Sólo somos dos personas que se aman mucho”, relata.

Teresa contrajo matrimonio cuando tenía más de 30 años. Por su edad imaginaba tener problemas para embarazarse, pero nunca sospechó un diagnóstico tan grave y categórico: sus óvulos eran pocos, y además, estaban en mal estado.

“Cuando recibí la noticia no se me vino el mundo abajo, siempre tuve esperanzas, pero al saber el costo del procedimiento que cumpliría mi sueño de ser madre, supe que jamás podría cumplirlo”. Confiesa que desde un primer momento supo que no podría reunir el dinero para la ovodonación. Con su marido piensan que si Dios no les quiere dar esta bendición, por algo será, aunque no pierde la esperanza.

La ansiedad juega en contra

El doctor Ítalo Ciuffardi Cozzani, especialista en Infertilidad y Medicina Reproductiva, explica que infertilidad no es sinónimo de esterilidad. El primer concepto se aplica a parejas con más de un año de relaciones sexuales sin protección y que no han logrado un embarazo. En cambio, en la esterilidad existe un diagnóstico de que la mujer o el hombre no pueden concebir. Un ejemplo es la ausencia de espermios o menopausia prematura.

El deseo de ser padres muchas veces sobrepasa a los pacientes. En algunos casos la impaciencia los lleva a posponer la terapia cuando ya comenzaron una etapa o plan de tratamiento. Esto perjudica las posibilidades de lograr el embarazo, porque las causas o factores de la infertilidad progresan con el tiempo. El Dr.Ciuffardi afirma que esto es un grave error, porque se empieza desde cero y se pierde un trabajo de meses. “La edad de la mujer es el factor pronóstico más importante, su fecundidad disminuye con los años, aún con tratamientos como fecundación in vitro (FIV), porque no se logra revertir el paso del tiempo sobre los gametos (óvulos y espermatozoides)”.

Someterse a técnicas de reproducción asistida significa un esfuerzo psicológico que en ocasiones empeora al no ver resultados. Las técnicas en general permiten una tasa de embarazo del 50% por intento. El factor económico también pesa cuando se fracasa. Algunas parejas tienen la intención de realizarse un nuevo ciclo del tratamiento, pero no cuentan con los medios necesarios. En el Instituto de Medicina Reproductiva de Concepción (IMR) una FIV cuesta cerca de 1 millón y medio de pesos. A esta suma se agregan los medicamentos que dependiendo de la edad y respuesta de la paciente varían entre los 400 mil a 800 mil pesos, pero hay fórmulas de financiamiento a través de convenios.

El IMR es el único centro de medicina reproductiva del sur de Chile. Está acreditado por la Red Latinoamericana de Reproducción Asistida (Redlara) y atiende anualmente casi a 100 parejas infértiles sólo para FIV. Otros 500 pacientes se someten a tratamientos de baja complejidad como inducción ovulatoria, coito programado e inseminaciones intrauterinas.

Acreditado por la Red Latinoamericanade Reproducción Asistida

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